EL SUEQUITO — HOY ROSI NO TRABAJA 01. Hoy Rosi no trabaja He escondido el delantal debajo de mi chaqueta. Mi madre entra tras la barra, le señalo el otro lado. Trae puestos los pendientes que se quita para fregar. Hoy Rosi no trabaja. Eso pone en la pancarta. Fede sale con las fuentes, Lucía reparte el pan. Mi padre busca las copas donde nunca las guardamos. Ella estira ya los dedos. Yo le acerco su vermú. «Sin hielo», dice mi madre. Le he puesto hasta el borde. Saca un cubito con la uña, lo deja en mi servilleta. Julián llega con el ficus arrastrando el plato de barro. Que alguien quite esa maceta. Mi madre ya está de pie. Un señor asoma la cabeza: «¿Me pones lo de siempre?» Ella ya tiene la taza. Yo ya tengo su muñeca. Nos quedamos con el café entre los dos lados de la barra. «Hoy cerramos», digo yo. «Todavía no», contesta ella. El señor se bebe el suyo sin saber a quién pagar. Mi madre señala a Fede. Fede lleva dos bandejas. Al pasar, me pide un trapo. Yo le ofrezco la pancarta. Se le escapa un poco de risa. Tiene café en un pendiente. Se lo limpio con el pulgar. Debajo de mi chaqueta el delantal sigue húmedo. 02. El ficus no cabe He prometido llevarme el ficus de junto al baño. Lo traje en una bolsa cuando aún no llegaba al grifo. Rosi me ha dado las gracias y un plato para poner debajo. Por aquí entró. Por aquí tiene que salir. Lo inclino hacia la calle, la copa roza el letrero. Manolo aparta las mesas, Tere me sujeta el codo. Un muchacho quiere ayudar y se agarra a una rama. «Por el tiesto», digo yo. Ya lo dice todo el bar. El muchacho cambia de mano. La tierra cae en sus zapatos. Tere viene con tijeras. Las guarda cuando la miro. Por aquí entró. Pero no medía lo mismo. De espaldas no veo el escalón. «Hacia mí», dice Manolo. Tere tira hacia la calle. Ocupamos media calzada. Hay un autobús esperando y una señora detrás que solo quiere ir al baño. Volvemos a dejarlo dentro. Lo giramos despacito. Un ciclista desde fuera nos levanta dos hojas. El tiesto pasa rozando. Yo paso con él pegado. En la acera me preguntan en qué coche lo metemos. Miro el techo de mi furgoneta. Miro otra vez la planta. El muchacho trae una cuerda. Es un cordón de su zapato. Se queda esperando mi orden con el pie medio descalzo. 03. Cuarenta y tres con veinte Espero a que salgan todos a discutir lo del ficus. Pongo el dinero en la barra debajo de un cenicero. Rosi dice que hoy invita. Yo le pido la libreta. Cuarenta y tres con veinte. Los he traído justos. Ella busca por mi nombre. Hay dos Pacos en la página. Uno toma descafeinado. El otro soy yo. Reconozco el mes de marzo por una mancha de aceite. Me explica cada rayita. Tres bocadillos de lomo. Un menú que no recuerdo. «Ese fue para tu chico». Dejo quieto el cenicero. Una moneda está pegada. La separo con el pulgar. Entra mi hijo con la planta dibujada en la camiseta. «¿Qué hacéis aquí los dos?» Le pregunto por las hojas. Rosi le llena un vaso. Se lo acaba de pie. Cuando vuelve a salir, ella pasa otra página. «Falta el café del viernes». Busco en el otro bolsillo. Sale el resguardo del paro y un tornillo de la puerta. Falta un euro cuarenta. Los anota bajo mi nombre. «Paso el martes», digo yo. Ella va a decir que cierran. «El martes...» Se queda mirando el calendario. Le pido prestado el lápiz. La punta se parte al escribir. 04. La rifa del jamón Mi padre compra un número y me lo deja en la mano. Yo quería la bicicleta que había el año pasado. Hoy solo queda un jamón con una cinta dorada. El número es el mío. No me lo vayas a cambiar. Nati saca la papeleta del cubo de las pinzas. Dice el número de mi padre. Yo le enseño el mío. Es el mismo, pero ahora lo tengo yo en la mano. Me ponen de pie en la silla. Clara acerca el jamón. La pezuña queda arriba, la cinta me tapa un ojo. Yo digo que lo suelte. Lo suelta. Mi padre viene corriendo, me agarra por los sobacos. La silla se mueve. Él pisa una servilleta. El jamón queda de pie contra el pecho de mi padre. Rosi aparta las botellas sin levantarse del todo. Me ofrecen cambiar el premio por dinero para una bici. Tere tiene ya el monedero. Yo pregunto por el hueso. «También es tuyo», dice Fede. «Pero primero hay que comerlo». Lo sentamos junto a mí. Le quito la cinta dorada. Mi padre pide un cuchillo. Le digo que ahora no. Me pregunta hasta cuándo. Lo separo un poco de su plato. Debajo del papel de la rifa mi palma tiene letras negras. 05. El gorro amarillo Tere me ha traído un gorro amarillo, de piscina. Lo saco delante de todos. Manolo busca una etiqueta. Se lo pongo en la rodilla. Lo estira para ver si cede. Los martes a las ocho. He pagado todo el mes. La muchacha de la entrada me preguntó qué nivel. Yo le dije que ninguno. Me enseñó la piscina grande. «También tenemos escalera». Yo miraba aquella raya azul. Tere se recoge el pelo. Tira del borde del gorro. Le salta contra los dedos. Parece fácil cuando lo hace ella. Me quito los pendientes. Se los paso a mi marido. El martes tengo clase. A las ocho y diez, en el agua. Manolo me pregunta si no está muy fría. Todavía no lo sé. Llevo tres días pensando qué hago con la ropa mojada cuando vuelva en el autobús. Clara acerca una bolsa. Es la del pan de esta mañana. Tiene un agujero abajo. La vuelvo a dejar donde estaba. Tere dice que no hace falta llevarse media casa. Me pongo el gorro a tirones. Un mechón se queda fuera. Mi marido sostiene los pendientes como si fueran dos alfileres. Yo le pido el espejo. Me enseña la pantalla del móvil. Primero sale él. Tiene que darle la vuelta. 06. Debajo del mantel Nos han puesto el mantel encima de la partida. Emi aún tiene una ficha. Yo tengo tres y una excusa. Rosi dice que sirvamos. Le digo que ya acabamos. Falta una mano. Llevamos así desde la una. Levanto un poco la tela. El doble seis está debajo de una fuente de pimientos. Paco sujeta la fuente. Emi saca la ficha sin volcar una gota. Me pregunta dónde jugamos el martes a estas horas. Digo que en cualquier sitio. Me pregunta en qué sitio. Paco se come el pan que tapaba el doble blanco. «¿Pero en qué sitio?» Emi no suelta su ficha. Propongo mi cocina. Paco dice que no cabe. La de Emi sí que cabe, pero Emi conduce de noche. Nati ofrece su casa y prohíbe dar golpes. Probamos sobre el mantel. Las fichas ya casi no suenan. Emi baja la que le queda. Paco recoge los platos. Yo enseño mis tres fichas cuando nadie mira el juego. Nati apunta su portal en la caja del dominó. Corrige el último número. «El timbre no, dad dos golpes». Nos reparte otra mano antes de que podamos levantarnos. 07. La llave y la cuchara La llave del baño lleva una cuchara de madera. Para que no se la lleven. Se la llevan cada día. No está detrás del grifo. ¿Quién tiene la cuchara? La grande, la que no sirve. Fede me abre el cajón. Hay cucharas de tres tamaños. Ninguna tiene cuerda ni llave. Julián sale a mirar el ficus y encuentra un mechero verde. Nati espera en el pasillo. Dice que no tiene prisa. Me lo dice cuatro veces. Yo ya llevo tres cajones. Se queda junto a la puerta, con el bolso entre las rodillas. Rosi señala mi bolsillo. Saco un lápiz y dos gomas. ¿Quién tiene la cuchara? La que lleva el cordón rojo. Oigo un golpe en una pata. Luego tres contra una silla. Nico dirige una orquesta con la mano bajo el jamón. Cada vez que baja el brazo suena algo contra la madera. Le pido que pare un momento. Se para todo el compás. Él señala con la cuchara a su padre, que aún golpea. La llave cuelga del mango. Nati se levanta sola. Se la paso por la mesa. La recibe sin dar las gracias. Desde el fondo del pasillo ella asoma solo el brazo. «Esto abre el almacén». La otra está en el mismo aro. 08. Fede come caliente Me han sentado junto a Rosi, en el lado de los clientes. Desde aquí no veo el horno. Oigo el agua en la cocina. Alguien deja abierto el grifo. Lo distingo de la calle. Es mi plato. Todavía echa humo. Clara me ha servido pollo con la piel hacia abajo. La giro con el tenedor. Rosi gira la suya. Nos pillamos haciéndolo. Ella corta un trozo grande. Llevo la carne a la boca. Me quema por el centro. La sostengo entre los dientes sin saber dónde dejarla. Lucía me alcanza agua. No digo nada hasta tragar. Me sopla Lucía desde enfrente. Con eso casi me remata. Es mi plato. El agua me baja por la camisa. Se oye un golpe de bandeja. Me levanto medio palmo. Mi rodilla toca el mármol. La salsa corre hacia el pan. Rosi lo acerca a tiempo. Yo vuelvo a apoyar los pies. El lunes entro en un obrador. De cuatro a doce, le digo. Ella calcula con los labios. Sonríe antes de acabar. «Podrás comer en tu casa». Parto una patata con la piel. «A ver si me acostumbro». Me preguntan por la receta. Se la digo a la servilleta. Clara escribe «un poco» dos veces. «¿Pero cuánto es un poco?» Soplo una vez la patata. Esta me la como entera. 09. El turno de las diez Llego cuando están con el café. La bolsa me marca el hombro. He dormido hasta las seis, entro otra vez a las diez. Clara me recoge el abrigo. Le digo que no lo cuelgue. Mi manga se queda dentro del bolso de otra señora. Me quedo hasta menos cuarto. No me sirvas otro todavía. Rosi busca algo caliente. Yo le enseño el reloj. Fede vuelve de la mesa con la bandeja pequeña. Se sientan uno a cada lado. Ya no llego hasta mi bolsa. Me preguntan por mi hija. Les enseño una fotografía. Sale sola con su flequillo, recién cortado por ella. Tere agranda la pantalla. Yo la vuelvo a hacer pequeña. Las nueve y veintiuno. Pongo el móvil boca abajo junto al plato. Empieza la rumba del chico, la que nunca dice entera. Marco el compás con el tacón y se me sale un zapato. Lo busco debajo de Rosi. Ella me lo devuelve al ritmo. Llevo el uniforme doblado debajo de una mandarina. Lucía encaja dos táperes. Le pregunto si habrá sitio para el bote del café. Lo mete tumbado entre los dos. «La tapa cierra mal». Lo vuelve a poner derecho. En la parada, la bolsa se abre por la cremallera. Sale una manga azul. La vuelvo a meter con el codo. Llega el autobús y subo todavía sin el abrigo puesto. 10. Quince por cabeza Habíamos dicho quince para el regalo de mi madre. Lo apunté en el grupo el lunes. Manolo no está en el grupo. Ha traído una batidora con el precio todavía puesto. Quince por cabeza. La del niño no se cuenta. Paco me da un billete y me pide los cinco. Uno ha pagado por dos. Otro se lo dio a Lucía. Lucía se lo pasó a Fede. Fede compró las servilletas. Mi padre abre la caja. «Esta también pica hielo». Mi madre baja los párpados. Después le pide el tique. «Para la garantía», dice. Tere se tapa la boca. Me sobran dos personas. Nati ha puesto por Nuria, que ya estaba en el autobús. Nuria acaba de mandarlo. El teléfono vibra en la salsa. Lo limpio con una esquina del sobre donde iba el dinero. Vuelvo a sumar despacio. Nico se cuenta a sí mismo. Dice que él tiene un jamón. Mi padre no encuentra el tique. Está debajo del plástico, pegado al libro de instrucciones. Mi padre saca la batidora. Mi madre nos acerca la caja. «Aquí cabe lo que sobre». Yo meto primero el sobre. La tapa se hunde un poco. Algo vuelve a vibrar dentro. 11. La erre del letrero Rosi me pide la erre del letrero de la barra. Las otras tres letras pueden quedarse donde están. Subo a buscar los tornillos con las gafas de Manolo. La erre no sale. Le doy otra media vuelta. Clara sostiene la escalera. Emi ilumina con el móvil. Yo tenía una punta de estrella. He cogido la otra. Abajo siguen cenando las sobras en platos limpios. Fede me alcanza la buena. El tornillo gira un poco. Detrás hay grasa pegada desde antes de que yo viniera. Rosi acerca un paño húmedo. Clara se lo quita primero. Espera. Que ahora se mueve. Al tirar, se viene la o. La ese cae en la bandeja. La i queda colgando sola. Quedan cuatro sombras amarillas. La pintura sale a trozos. Rosi recoge su letra. Tiene un borde despegado. Le ofrezco dejarla nueva. La guarda en una bolsa. «Así ya está bien», me dice. La bolsa es de una zapatería. Cuando bajo la escalera tengo la erre al revés marcada sobre la manga. Rosi me mira el brazo. Le doy el último tornillo. Lo echa con las llaves. 12. El primer lunes A las siete estoy vestida. No ha sonado el despertador. Manolo ocupa mi almohada. Le saco las gafas de debajo. Se da la vuelta y sigue. Pongo dos tazas pequeñas. Devuelvo una al armario. En la bolsa de los zapatos hay un tornillo suelto. Saco la erre del bar y la apoyo contra los platos. No se tiene de pie. La meto entre dos tazas. Abajo están levantando la persiana de la panadería. La chica barre hacia fuera. Yo espero a que acabe. Me pregunta si estoy buscando a alguien que entra más tarde. Un café con leche. Para tomar aquí. Elijo la mesa del fondo. Tiene una pata más corta. Doblo un papel del azúcar. Lo dejo junto a la taza. Cuando la chica se acerca le pregunto por los turnos. No entiende lo que le digo. «Nada. ¿Tienes tostadas?» Me señala la pizarra. Leo de arriba abajo. Vuelvo a empezar por arriba. Oigo una bandeja caer y levanto la cabeza. Todavía queda café. La chica me trae el pan. La mantequilla está dura. Espero con el cuchillo apoyado contra el plato. Pruebo a extender una esquina. El pan se dobla bajo el cuchillo.