El Suequito — Donde ponemos las manos 01. La llave en la servilleta Marisa dejó la llave entre las migas del desayuno. Yo sujetaba dos cafés; Mateo, una planta contra el pecho. El ascensor cerró la boca con su bufanda todavía fuera. Levanté un codo para abrirlo y el café me bajó por la muñeca. Gira despacio, que llevo las manos llenas. Acércate un poco y sujeta por aquí. Él cogió los vasos por arriba, yo arrimé la planta a la pared. La llave entraba hasta la mitad. Tenía el número mirando al revés. Dentro olía a pintura seca. Una persiana daba contra el marco. Dejé los cafés sobre una caja; él puso su pie debajo del mío. Me preguntó dónde quería empezar. Yo tenía ensayado un recorrido. Le señalé la mancha de mi manga y me salió una risa muy pequeña. Gira despacio, que llevo las manos llenas. Acércate un poco y sujeta por aquí. Marisa había escrito en la servilleta la dirección de una ferretería. Mateo la dobló por las esquinas; yo le limpié café de la barbilla. Abrí la puerta con la cadera. Él pasó de lado con la planta. Le di la llave, todavía tibia, y entré detrás, rozándole la espalda. 02. La cuarta pata Soy Rafa, el de la silla, por si alguien pregunta en el portal. Lucía lleva el pan y las aceitunas; yo he preferido traer algo que dure. En el primer descansillo me detengo. Mateo viene a levantar el otro lado. Inés cuenta las patas con el dedo y vuelve a empezar por la de atrás. Levanta de este lado, que por aquí pasa. La cuarta viene conmigo, espera aquí. He desmontado una para el viaje. La llevo envuelta dentro de la chaqueta. Al sacarla cae un caramelo viejo que Lucía recoge antes que la pata. La silla queda en medio del pasillo. Buscamos dónde he puesto los tornillos. Lucía me abre el bolsillo del pecho y saca uno pegado a la entrada del cine. Mientras Mateo aprieta con una moneda, Inés se sienta encima de las cajas. Se le ha quedado el pelo bajo el cuello; él tira del mechón con dos nudillos. Levanta de este lado, que por aquí pasa. La cuarta viene conmigo, espera aquí. Lucía prueba la silla terminada. Le queda un pie un momento en el aire. Yo saco el último tornillo del forro y me agacho delante de sus zapatos. Ella me guarda el caramelo en la boca. Lo aparto a un lado para darle un beso. Inés sostiene la silla del respaldo; yo giro la moneda un cuarto más. 03. Dos nombres y una flecha Mateo, escrito con letra pequeña, cabe debajo del nombre de Inés. Ella sostiene el papel contra el timbre; yo voy cortando la cinta con los dientes. Hemos puesto los nombres al vecino. Nos enteramos cuando abre con un peine. Trae espuma en una parte de la cara y nos pregunta cuál de los dos es Inés. Tu nombre cabe al lado del mío. Hazme una flecha, que me acerco por aquí. Nos presta una tijera diminuta. La cinta se ha pegado a mi camisa. Inés me sujeta por el último botón para que pueda separar el brazo. Se abre otra puerta sobre nuestras cabezas. Una mujer pregunta por las flores. El vecino encuentra entre sus cartas un ramo con dos tallos asomando. Lo había encargado al salir de casa. Inés le da la vuelta a la tarjeta. Puse una dirección y dejé el resto en blanco; ahora apoyo el papel sobre su mano. Tu nombre cabe al lado del mío. Hazme una flecha, que me acerco por aquí. Escribo que me tiembla la rodilla. Ella baja los ojos hasta el pantalón. Apoya la suya contra la mía y me devuelve el bolígrafo destapado. Pegamos nuestros nombres un piso más arriba. Hago una flecha donde sobra cinta. Ella dobla la tarjeta de las flores y la mete por dentro de mi camisa. 04. La etiqueta por delante Saqué el vestido azul de una bolsa. La percha se había roto en el traslado. Con el espejo todavía contra el suelo me lo puse siguiendo las costuras. Mateo apareció por el reflejo con un vaso de agua para mí. Miró el papel colgando de mi pecho y leyó en voz baja cómo debía lavarme. Dame la vuelta, despacio, dame la vuelta. Quédate cerca, que me río al respirar. Le di la espalda y levanté los brazos. Él dejó el vaso fuera de mi alcance. La tela se quedó prendida en mi pendiente; tuvo que acercar la cara para verlo. Yo miraba su boca en el espejo. Él seguía ocupado con el cierre. Cuando quedó libre la tela del oído, le puse las dos manos en la nuca. Lucía llamó desde la cocina. Preguntaba dónde guardábamos los platos. Mateo contestó mirando al techo; yo tenía su camisa entre los dedos. Dame la vuelta, despacio, dame la vuelta. Quédate cerca, que me río al respirar. Me dijo que también le hacía falta un rato para estar en esta casa. Le saqué la tarjeta de las flores; el borde se le había puesto húmedo. Cogí las tijeras que prestó el vecino. Él me apartó del hombro una hebra azul. Corté la etiqueta muy cerca de sus dedos y dejé que la guardara en su bolsillo. 05. La puerta sobre las cajas Soy Lucía y he prometido una mesa. Marisa tiene una puerta en el trastero. La medimos encima de dos sacos; Rafa encuentra el pomo en una lata. La subimos tapándonos las caras. En cada curva cambiamos de pareja. Por el agujero del pomo veo a Inés subir hacia nosotros con cuatro vasos. Ponla de este lado, que aquí cabe el codo. Pasa tu vaso, que le voy haciendo sitio. Mateo ha traído cuatro cajas de fruta. Las pone donde yo señalo con el pie. Rafa conserva una rodilla debajo hasta que Inés retira la servilleta. Al sentarnos me falta una esquina. Él se recoge para dejarme entrar. Hace años que conozco ese movimiento; le apoyo la mano sobre la pierna. El vaso de Mateo busca el agujero. Inés mete dos dedos por debajo. Nos quedamos mirando cómo asoman y Rafa acerca una aceituna al índice. Ponla de este lado, que aquí cabe el codo. Pasa tu vaso, que le voy haciendo sitio. Yo había traído un mantel con iniciales. Se lo puse a la puerta por la tarde. La M cae justo sobre el hueco del pomo; la I le queda al lado de la silla. Rafa vuelve a meter una rodilla. Le paso el vaso antes de levantarme. Inés recorre con la palma una esquina y yo sostengo el otro borde de la puerta. 06. A las ocho, arriba Volví con una llave recién hecha y una nota doblada en el recibo. Inés tenía harina en la muñeca; me abrió el bolsillo para guardar el cambio. En el papel puse: a las ocho, arriba. Le dibujé un peldaño y una luna. Lucía lo encontró al sacar un cuchillo y fue a buscar las velas al pasillo. A las ocho, arriba, ven con las manos libres. Lo que falta lo subimos entre los dos. Rafa vio la luna de mi nota y apareció con una manta de viaje. Inés dejó enfriándose una jarra; yo probaba qué sombra daba la azotea. Abajo, una cuchara cayó dentro de un vaso. Me asomé hasta encontrar su vestido azul. Ella levantó la cara y sostuvo la mirada; dejé de contar cuántos escalones había. Al bajar la encontré junto a la puerta. Me dio el papel que había escrito ella: la misma hora, el dibujo de una silla y una flecha saliendo por la ventana. A las ocho, arriba, ven con las manos libres. Lo que falta lo subimos entre los dos. Puse las notas una junto a la otra. Su luna tenía un lado más abierto. Inés apoyó el mentón sobre mi hombro y eligió la mía para envolver las dos. Guardé la llave debajo de su dibujo. Ella sujetó el papel con una pinza. Me dejó una mano libre entre las suyas y empecé a subir detrás de su vestido. 07. Tu camisa me sobra El grifo salió mirando a la pared. Me mojé el vestido hasta la cintura. Mateo entró con su camisa blanca y una toalla doblada en cuatro partes. Él sostuvo la puerta con el hombro. Le pedí que se quedara un poco. Puse el vestido azul sobre la silla y busqué con el pie la toalla seca. Me sobra una manga, acércate un momento. Deja tu mano donde acabo de doblar. Los botones me llegaban a las rodillas. En el puño quedaba su manera de doblarlo. Metí los brazos y le enseñé las manos; él encontró una por debajo de la tela. Quise cerrar el último botón. La uña resbalaba contra el ojal. Se lo dije mirándolo a los ojos: hoy me cuesta hacer las cosas pequeñas. Se sentó en el borde de la bañera. Yo puse una rodilla entre las suyas. Me pasó el botón y esperó con los dedos apoyados por fuera de la camisa. Me sobra una manga, acércate un momento. Deja tu mano donde acabo de doblar. Rafa preguntó si quedaba algún cuchillo. Mateo contestó con la boca en mi hombro. Le salió una palabra bastante extraña; tuve que repetirla desde dentro. Cogí dos pinzas para el vestido azul. Él llevaba la manga que me sobraba. Salimos a la cuerda de la azotea y dejé mi mano dentro de su puño. 08. La sandía bajo la cama Rafa, otra vez, con una sandía. Me han dejado elegir la más pequeña. La puse sobre el borde de la mesa y empezó a caminar hacia el agujero. Inés apartó un vaso con la manga. La bajé al suelo y se fue por el pasillo. Fue a parar debajo del colchón, justo donde acabábamos de hacer la cama. Sujeta de este lado, que se vuelve a ir. Guárdame ese trozo, que me acerco yo. Lucía se tumbó sobre la alfombra. Le vi los dos talones por la puerta. Me pidió el mango largo de la escoba y salió abrazada a la sandía. La pusimos en medio de una fuente. Mateo pasó un paño por la corteza. Inés cogió el cuchillo por arriba; la camisa le tapaba hasta los nudillos. Lucía me acercó la primera punta. Yo tenía la boca ocupada de semillas. Me sostuvo la fuente bajo el labio y se quedó esperando mi respuesta. Sujeta de este lado, que se vuelve a ir. Guárdame ese trozo, que me acerco yo. Le limpié una gota junto al cuello. Se había puesto los pendientes del domingo. Uno me rozó al inclinarme hacia ella; dejé el trozo rojo enfriándose en su mano. Inés pidió que guardáramos la cáscara. Quería subir las cuatro puntas dentro. Yo levanté la fuente desde abajo y Lucía me cogió del codo para salir. 09. Agárralo de esta punta En la azotea había sitio para todos. Pusimos las velas dentro de dos vasos. Mateo sujetaba un lado del mantel; yo buscaba una piedra para el mío. La tela se levantó entre nuestras caras. Rafa quedó escondido con la fuente. Lucía salió por debajo de la M con un vaso apoyado en cada palma. Agárralo de esta punta, ven aquí. Da dos pasos conmigo y vuelve a sujetar. Una esquina me cubrió la cabeza. Le oí reír tan cerca de la boca que me quedé debajo un poco más antes de buscar el borde con la mano. Soplamos las dos velas todavía cortas. Rafa guardó las cerillas en su chaqueta. El viento seguía levantando el centro; los cuatro sosteníamos la tela a la altura del pecho. Mateo me propuso bajar de lado. La escalera admitía una pareja cada vez. Metí los dedos dentro de su manga y Lucía empezó a contar los vasos. Agárralo de esta punta, ven aquí. Da dos pasos conmigo y vuelve a sujetar. Abajo estaba la mesa esperando con una silla puesta del revés. Rafa dejó la fuente en el alféizar; el aire olía al jabón de mi vestido. Mateo plegó el mantel por las iniciales. Yo seguía sujetando nuestra esquina. Lo doblé una vez más sobre su brazo y tiré de él hacia el hueco del pasillo. 10. Tres pasos y la vuelta Apartamos la mesa contra el muro. Las cajas fueron juntas a la entrada. Lucía se descalzó sobre una bolsa; Rafa giró la silla hacia la puerta. Mateo me tendió la mano abierta. Yo cogí primero dos de sus dedos. En el pasillo cabían tres pasos; la vuelta había que hacerla en la cocina. Tres pasos y la vuelta, ven aquí. Déjame ese lado, que me toca pasar. Lucía marcó el camino con el hombro. Rafa salió detrás con un zapato. Al cruzarnos cambiamos de pareja y me encontré la mano de mi amiga. Me acercó la cara junto a la oreja: te has dejado el vestido en la azotea. Subí dos escalones con Mateo; él se quedó mirando cómo iba vestida. Lo bajamos todavía un poco húmedo. Lo tendí sobre el respaldo de la silla. Mateo me encontró al dar la vuelta y esta vez puse la palma entera. Tres pasos y la vuelta, ven aquí. Déjame ese lado, que me toca pasar. El pie de Rafa se salió del zapato. Lucía lo apartó sin soltarle la mano. Yo dejé que Mateo cambiara el paso; su pulgar se movía sobre mi muñeca. Volvimos a encontrarnos en la cocina. Le quité una pinza que llevaba en el pelo. La dejé junto al vaso del fregadero y entré en la siguiente vuelta con él. 11. El vaso de tu lado Lucía se llevó la fuente vacía. Rafa bajó las cajas que sobraban. Quedó la marca blanca de una silla y el vestido azul mirando a la ventana. Llené dos vasos hasta la misma raya. Inés miraba dónde iría la cama. El colchón ya estaba puesto en el suelo; ahora había que elegir por dónde entrar. Deja tu vaso al lado de mi mano. Pásame el agua cuando vuelvas a venir. Puse el mío junto al enchufe. Ella cogió el otro y lo acercó. Al sentarse se abrió un botón de mi camisa; me preguntó si podía quedarse con ella. Me fui soltando el reloj de la muñeca. La hebilla se atascó en el último agujero. Inés sostuvo la correa con dos dedos y yo dejé caer el brazo sobre el suyo. Me preguntó si dormía con la puerta abierta. Le conté dónde guardaba las zapatillas. Ella se recogió un pie debajo del muslo y movió las mías para hacerles sitio. Deja tu vaso al lado de mi mano. Pásame el agua cuando vuelvas a venir. Quedaba una sola almohada a nuestro alcance. La otra seguía dentro de una bolsa. Le pasé la primera por debajo del cuello; ella me levantó un poco de su hombro. Saqué la segunda y la puse a su lado. Me tendió el reloj por encima del vaso. Lo dejé en el suelo, con la esfera hacia abajo, y busqué su mano debajo de la manga. 12. Otra llave en tu mano La persiana dejó una raya en la sábana. Moví la rodilla para seguirla. Mateo tenía un pie sobre mi tobillo y el reloj boca abajo junto al agua. Olía a pan al otro lado del patio. Busqué las sandalias debajo de la silla. Una llevaba dentro una semilla; me la saqué del talón con la uña. Guárdame ese lado, que vuelvo por aquí. Acerca tu mano, que te quiero dar algo. Mateo salió con el recibo doblado. La luna de su nota ya tenía un agujero. Entre los dos dibujos puso una llave y la empujó despacio hacia mi palma. Le pregunté cuál de las dos giraba mejor. Hicimos la prueba sin salir del pasillo. La suya pedía un pequeño movimiento; la mía entró con el número hacia arriba. Lucía había escrito en una esquina: la silla necesita otro cuarto de vuelta. Mateo fue a buscar una moneda; yo levanté del respaldo el vestido azul. Guárdame ese lado, que vuelvo por aquí. Acerca tu mano, que te quiero dar algo. Le pasé el vestido por delante de la cara y se quedó un instante dentro de la tela. Al sacarlo me besó la parte de la muñeca donde me había caído el café. Guardé mi llave en el bolsillo de dentro. Él sujetó la puerta mientras yo salía. Le dejé dos dedos en la palma abierta y bajamos juntos a buscar el pan.